Las Pircas. El arroyo de las hadas

Es inevitable pensar en las historias del arroyo, cuando un pescador se interna en sus dominios. Pensar en cuantas almas... en los siglos, transitaron por él, cuantas personas, hicieron de sus aguas sustento de vida, alimentándose de los que ya casi... no estan. Que maldicion caeria sobre los nativos Huarpes, Bagres Otunos, y Cangrejos...

Los arroyos susurran las historias del tiempo.  El Pircas casi escondido, guarda sus historias entre el pedregullo, las espinas y el canto del agua. Los Huarpes escapaban de la esclavitud del oro, y se refugiaban entre sus quebradas. Hoy... volvemos a pescar entre las historias, volvemos a pescar las truchas de sus correderas, escapando también de la esclavitud moderna.


Llegábamos al Puesto de los Videla, al atardecer. El cielo plomizo, amenazaba. Pero las ganas de estar ahí, minimizaba el estímulo plomizo del cielo. Mientras habíamos subidos, a los 2.000 metros sobre el nivel del mar, la temperatura había descendido, así también las luz de la tarde que moría en nuestros ojos.

Las sombras de Josefa y José, deambulaban entre las arboledas del puesto. Un abrazo de amigos nos daba el calor faltante en el aire. Mientras las primeras gotas, duras de hielo, tamborileaban en las chapas del rancherío.

La noche nos caía en las miradas cansadas del viaje, mientras José no preparaba las sabias carnes del asado, regados con un vino noble y sincero. Que a la hora del fuego... nos alentaba a contar historias de cuatreros, Huarpes, cuentos de la luz mala y pobladores del pasado.



Las horas de la noche se hacían borrosas y las lenguas se iban secando de historias. El sueño nos apagaba la conciencia invitándonos a pensar en el amanecer.

El canto oxidado del gallo... me despertaba a la primera luz de la mañana. El aire fresco me dolía en mis pulmones. Pero me hacia adicto a él.  Los álamos blancos de la penumbra iban de a poco... pintando el cielo de amanecer. Y el gallo... implacable. Los ruidos del puesto se agitaban de a poco. Y el arroyo a lo cerca ... les hacia el coro de agua.

El amanecer en las montañas, es como un canto a la vida. Un evento que tiene magia de elemental y que  late.  Es la vida de la luz, abriéndose paso al frío de la muerte de la noche. Así... entre rosas y violetas congelados despertaban los Cerros Bellavista y La Espuela. La vida nos habría la escena y nos prometía.

Luego de consuelo del desayuno, nos preparábamos. Varas #1 y #3, con lineas de flote y leaders trenzados Duck Master, acompañarían nuestro día. La estrategia era esperar que el sol, calentara las piedras del arroyo y así, las Fontinallis y Arco Iris...  se despertarían del letargo del frío. 



Nos acercábamos al arroyo y bajo los clastos decenas enfurecidas de plecopteras y efímeras. Cada piedra hervía de macroinvertebrados. Pardo oscuros y selectas plecopteras claras. Nuestra mosca atada,  fue una Hare Ear, en alambre #22. Perfectamente atada a un invisible 7x.  Partíamos con una temperatura de 5,5° C, pero al llegar al medio día... la vida eclosionaba en la piedras.

Decenas de Mayflys, se desperezaban entre las caras secas de las piedras, pintadas de sol manchadas de sombras. Las hadas del arroyo... se desperezaban al calor.



La situación de temperaturara era perfecta para las secas... pero la escasa estructura del arroyo, nos limitaba al extremo de ser imposible trabajarlas.  Decidimos así, continuar con nuestras ninfas, trabajándolas en emergencia con algunas sub imago. Las detonaciones de las Arco Iris eran prominentes. Al finalizar la estructura mínima de la corredera... nuestra mosca bajando a deriva natural y al final... levantando la vara, simulando una emergencia; ahí... mordían furiosas.  Unas cuantas sacudidas y vehementes contorsiones, daban lugar a un laxo estado de letargo, típico de las épocas. 




Magalí, nuestro bello diamante, estaba solo a a unos diez metros arroyo arriba. Desde una roca que dormía sobre el borde del arroyo... sentada y cómoda como solo los niños están en estos lugares. En soledad... pinchaba una pequeña Fontinallis. Su segunda trucha en sus cortos cuatro años, levitaba... inevitablemente. A los segundos devolvía su captura a la seguridad del agua de su amado arroyo.

La hora del medio día, nos llamaba a un simple almuerzo entre las rosas mosquetas, veguitas y aromas de cilantros.  Fiambres y quesos, acompañados por un pan casero inigualable... nos daban respiro en el ascenso. 



De fondo... los brillos de la nieve cercana, el mantra del arroyo, los verdes secos y las sombras bajas de las rosas mosquetas, daban escenario... al mas bellos de los restó. 

Nuestras miradas se unian... padres, hijos y hermanos... en perfecta comunión con el arroyo, con el aroma, con el viento... con cada trucha pescada. Tal vez esa... sea la esencia.

Dando entendido que este lugar, este instante, este momento... era el mejor de nuestras vidas. Era donde queríamos estar. END

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Autor:Jorge Aguilar Rech.
Edición: Nicolas Aguilar.
Fotografía: Jorge Aguilar Rech, Pablo Aguilar, Benjamín Aguilar y Nicolas Aguilar.

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